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Nuestro pueblo se hundió y nos
descubrimos rodeados del anillo
montañoso. Los libros no recogen la historia. Y las pruebas serían tan
insuficientes que hasta es más fácil fundamentar que las cosas siempre
fueron como son. Esta geografía de países es la misma desde la formación
del planeta. Parece imposible que las casas hubieran quedado al lado
de las que estaban. Dicen que sólo los pájaros sintieron la diferencia
y volaban de punta hacia arriba y después en picada como si los hubiera
alcanzado un golpe de piedra. En aquel tiempo, uno de nuestros padres salió a investigar
el estado de cosas más allá del cerco de montañas. El silencio de su
embajada denuncia que habrá renunciado a volver. Tendrá la verdad en
un puño, pero girará eternamente, porque muchos de los que no se animaron
a salir, le dedican maldiciones. El pasado de algunas fotos parece el más lejano, pero así
y todo, hay quien sospecha que las primeras fotos se sacaron ayer, solamente
que están añejadas al sol y al agua. Los mapas recogen con variados colores los distintos accidentes de lo que parece una
órbita alrededor del pueblo. Nadie puede terminar de exponer lo que
desea porque se le superponen los ecos de sus propias palabras. El cielo
tampoco está arriba, sino simplemente afuera de nosotros y pintado de
un azul intenso, como para que allí naufraguen los ojos y las manos. Pretendemos que los niños aprendan nombres de picos, cadenas y valles que no conocemos.
Ellos indefectiblemente los olvidan. Será porque alientan la esperanza
de escapar. . 2 DE SALTO
A NINIVE Estas caras que
comparten el aire, el calor inesperado, los saltos, nada tienen que
ver conmigo. "No es molestia", "pase usted", es
un idioma perfectamente extraño. Quién sabe en qué parada
bajará el que va a mi lado. El guarda es el mismo, aunque cambie;
este viaje no se diferencia de ningún otro. De pronto alguien, a quien no había visto nunca, me clava
alfileres en la piel. Eso la da a conocer: es la viajera que unía Nínive con Babilonia, la ciudad vestida de púrpura y escarlata. La miro una
y otra vez. Sus manos y sus ojos son actuales. Viene a cumplir la promesa
del cuerpo desnudo y me mira, comprensiva, a mí, que soy de Salto, una
ciudad que recibe su nombre de los saltos de agua de su río. Las montañas que separan mi pueblo del resto del mundo parece
que saltaran en pedazos y que ya no estuvieran hundidas las calles ni
las casas. Todo resplandece. El ómnibus recupera no se qué colores y
lo mueve una música que sale de los pasajeros y sus asientos. El pasillo
termina en un mundo que se va abriendo a nuestro paso como si nos hubiéramos
vuelto una linterna lanzada hacia arriba. ¿A quién sonrío? No sé ni
me importa si me contesta. Surgen templos del lugar de casas humildes. La mujer me
habla en un idioma que nunca había oído, pero que no me presenta ninguna
palabra desconocida. Me invitó a bajar. Su voz abrió los abismos de
Nínive, que tan pronto tenían nieve como nos mostraba corriendo desnudos,
en un río de aguas tan transparentes que un verde tenue permitía ver
la entrada a una cueva que, sin duda,
debería salir en una tierra muy distante, más allá de estas ignominiosas
montañas que nos cercan. Tendría que reconocer mi
cuerpo aislado de las cosas que me incluyen en el mundo conocido, y
enseñarle que sigue siendo el mismo a pesar de los cambios de tiempo. El guarda se acercó goteando, -¿sería agua de ese río ?-
y señalándome desde lejos. Mi destino ya había pasado; el boleto no
me autorizaba a ir más allá de la ciudad que se había dejado en el horizonte. - ¿Y cómo vuelvo ? -le dije. La muchacha no estaba más en el ómnibus. Había bajado y
se iba corriendo hacia atrás. Me lancé tras ella pero me di cuenta que
desandábamos huellas que no se tocarían nunca. Las señas me empezaron
a llegar cada vez más débiles. Ahora sólo tengo sus ojos y sus manos. 5 ANABAKOROS "Composición en
prosa de corta extensión y motivo variado, generalmente con implicancias
metafísicas, donde se destacan los temas de la magia y del tiempo, de
los viajes y de la palabra. Se ha señalado la similitud del anabákoro
con el cuento, aunque a diferencia de éste, no se puede dudar de su
origen escrito, que explica su casi imposibilidad de trasmisión por
vía oral y por ende, el desconocimiento en que cayó a
partir del 632 A. C. , año de
la destrucción de Nínive. En Asiria, que fue su cuna, se popularizaron los anabákoros
simples ( se decía: " no hay ninivita que no haya escrito un anabákoro
en su vida"), y los ligados, donde un motivo central articulaba
una variada extensión de anabákoros
permitiendo desarrollar un asunto con ambición comparable a la de las epopeyas. Prueba incontrastable de la validez del anabákoro como forma
expresiva, resulta el hecho de que escritores distantes en tiempos e idiomas, lo hayan practicado
sin tener noticias de su codificación en poéticas. El hallazgo de los anabákoros grabados en tablillas cuneiformes
se produjo en l994, a escasos seis años de un nuevo milenio, dando ocasión
a que, significativamente -según fervorosos partidarios-, se cumpliera
lo que reza uno de ellos: "Y habrá anabákoros para grabar el final de los tiempos". (Inscripción
en un bajorelieve del palacio septentrional de Nínive.) La casualidad quiso que, por otra parte, volvieran a la
luz en la misma exhumación que las puntuales historias de la diosa Istar,
de cuerpo que enloquece a los hombres y de Nemrod, el poderoso cazador
que puso en marcha el verbo de la rebelión" Si lo anterior se leyera en Sainz de Robles, o en otro diccionario
literario de prestigio, los lectores respirarían con satisfacción diplomada;
como se trata de la trascripción de una hoja de diario desplegada por
alguien que iba en un ómnibus en el asiento adelante del mío, y no puedo
encarecer los créditos del autor de la nota,
razonablemente sospecho que la incredulidad acompaña, desde ya, la presentación de esta forma literaria. Complemento
con lo que en forma exigua, en relación con mis febriles búsquedas,
me fue dado descifrar en otra oportunidad: "Los anabákoros se acercan
indistintamente a la poesía, a la reflexión sicológica, existencial y teológica,
sin perder nunca su aliento narrativo". Vaya un homenaje a los anabakoristas que me precedieron. * * * |